Si tienes un perro o un gato en casa, seguramente has escuchado hablar de la “desparasitación” como uno de esos cuidados básicos que no se pueden saltar. Pero más allá de ser un trámite rutinario en la visita al veterinario, controlar los parásitos internos es una de las decisiones de salud más importantes que tomamos por nuestras mascotas, y también por nuestra propia familia. En este artículo te explicamos qué son estos parásitos, cómo identificarlos, qué riesgos representan y con qué frecuencia conviene actuar, según lo que recomiendan organizaciones veterinarias de referencia a nivel mundial.

¿Qué son los parásitos internos y por qué debemos prestarles atención?

Los parásitos internos son organismos que viven dentro del cuerpo de perros y gatos, principalmente en el tracto digestivo, aunque algunos también pueden afectar el corazón, los pulmones u otros órganos. A diferencia de las pulgas o los ácaros, que se ven a simple vista sobre la piel, estos parásitos suelen pasar desapercibidos durante mucho tiempo, lo que los hace especialmente traicioneros.

Una mascota puede infectarse de muchas maneras: por el contacto con tierra o heces contaminadas, al comer presas como roedores, a través de la leche materna durante la lactancia, por la picadura de mosquitos, o incluso por ingerir pulgas al rascarse o acicalarse. Esto significa que ningún perro o gato está completamente exento del riesgo, ni siquiera los que viven exclusivamente en interiores, porque los huevos y larvas de muchos de estos parásitos pueden sobrevivir semanas o meses en el ambiente, incluso dentro de la casa.

Los principales tipos de parásitos internos en perros y gatos

Existen tres grandes grupos de parásitos internos que afectan comúnmente a los animales de compañía:

  • Nematodos (gusanos redondos): aquí encontramos a los ascárides o áscaris (como Toxocara), que son los más frecuentes en cachorros y gatitos, y a las uncinarias o anquilostomas, que se alimentan de la sangre del intestino y pueden causar anemia. También existen gusanos pulmonares y, en zonas con mosquitos, el temido gusano del corazón.
  • Cestodos (tenias o gusanos planos): se transmiten principalmente cuando el animal ingiere una pulga infectada durante el acicalamiento, o al comer presas pequeñas. Suelen causar menos síntomas evidentes, pero debilitan al animal con el tiempo.
  • Protozoos: microorganismos unicelulares como Giardia y los coccidios, que se transmiten por vía fecal-oral, es decir, cuando el animal entra en contacto con materia fecal o agua contaminada. Según el Manual Veterinario Merck, los quistes de Giardia son infecciosos desde el momento en que se expulsan y pueden sobrevivir semanas en ambientes frescos y húmedos, y basta una dosis muy baja de quistes para producir la infección.

Lo interesante —y preocupante— es que varios de estos parásitos pueden convivir en el mismo animal sin que el dueño lo note, porque muchas infecciones son subclínicas, es decir, no producen signos visibles de enfermedad, especialmente en animales adultos con buen estado inmunológico.

Síntomas de alerta: cómo saber si tu mascota podría tener parásitos

Como mencionamos, muchas infecciones no presentan señales claras, sobre todo al inicio. Sin embargo, hay signos que deberían encender las alarmas y motivar una consulta veterinaria con examen de materia fecal:

  • Diarrea persistente o intermitente, a veces con moco, sangre o mal olor
  • Heces blandas, pálidas o con apariencia grasosa
  • Vómito, en ocasiones con presencia de gusanos
  • Pérdida de peso a pesar de comer con normalidad
  • Abdomen hinchado o distendido, muy característico en cachorros y gatitos
  • Pelaje opaco, sin brillo, o crecimiento más lento de lo esperado
  • Debilidad, letargo o encías pálidas (posible signo de anemia por uncinarias)
  • Picazón o irritación alrededor del ano, y en el caso de las tenias, pequeños segmentos parecidos a granos de arroz cerca de la cola o en zonas donde duerme el animal

Es importante tener en cuenta que la ausencia de síntomas no significa ausencia de parásitos. Por eso los protocolos de control no se basan únicamente en “esperar a ver signos”, sino en exámenes periódicos y tratamientos preventivos, tal como lo recomiendan las guías internacionales de parasitología veterinaria.

Riesgos para la familia: cuando las mascotas comparten más que cariño

Uno de los aspectos menos conocidos por los dueños de mascotas es que varios parásitos internos pueden transmitirse a las personas. A este fenómeno se le llama zoonosis, y es una de las razones de peso —más allá del bienestar animal— por las que la desparasitación periódica importa tanto.

El caso más documentado es el de Toxocara, el ascáride común de perros y gatos. Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC), las personas pueden infectarse al entrar en contacto con tierra o superficies contaminadas con huevos del parásito presentes en materia fecal, por ejemplo al jugar en parques o jardines, o al no lavarse las manos después de tener contacto con mascotas o con el suelo. La mayoría de las personas infectadas no presenta síntomas, pero en algunos casos el parásito puede migrar a órganos internos (toxocariasis visceral), provocando fiebre, tos, dolor abdominal o crecimiento del hígado, o incluso llegar al ojo (toxocariasis ocular), causando enrojecimiento, manchas en la visión o, en casos más severos, pérdida de visión. El CDC señala que los niños pequeños, que suelen jugar en el suelo y llevarse objetos o tierra a la boca, están en mayor riesgo de presentar cuadros severos.

Las uncinarias (anquilostomas) también representan un riesgo para las personas: sus larvas pueden penetrar la piel descalza al caminar sobre tierra o arena contaminada, causando una irritación conocida como “larva migrans cutánea”. Por su parte, aunque el Manual Veterinario Merck señala que la transmisión de Giardia de mascotas a humanos “parece ocurrir con relativa poca frecuencia” —porque los perros y gatos suelen portar variantes del parásito más específicas de cada especie—, el riesgo no es cero, y la higiene sigue siendo la mejor barrera de protección.

La buena noticia es que el riesgo familiar se reduce drásticamente con medidas simples y sostenidas en el tiempo:

  • Desparasitar a las mascotas según el protocolo recomendado por el veterinario
  • Recoger los excrementos de inmediato, tanto en el jardín como en paseos
  • Lavarse las manos después de tener contacto con mascotas, tierra o arena, y antes de comer
  • Enseñar a los niños a no llevarse tierra, arena o pasto a la boca
  • Cubrir los areneros donde los niños juegan cuando no se estén usando
  • Evitar que las mascotas beban de charcos o consuman heces de otros animales

El protocolo de desparasitación recomendado según la edad y el estilo de vida

No existe un único esquema de desparasitación válido para todos los animales: la frecuencia ideal depende de la edad, el estilo de vida y el nivel de exposición a fuentes de contagio. Organismos de referencia como el Companion Animal Parasite Council (CAPC) y el European Scientific Counsel Companion Animal Parasites (ESCCAP) coinciden en algunos principios generales que resumimos a continuación, siempre como guía educativa: la pauta exacta para cada mascota debe definirla el médico veterinario tratante.

Cachorros y gatitos

Es la etapa de mayor vulnerabilidad, porque muchos nacen ya con parásitos transmitidos por la madre durante la gestación o la lactancia. Las guías internacionales recomiendan iniciar el control desde las dos o tres semanas de vida, repitiendo el tratamiento cada dos semanas hasta el destete o los dos meses de edad, y luego de forma mensual hasta aproximadamente los seis meses. Durante el primer año de vida se recomienda, además, realizar varios exámenes de materia fecal, ya que es el período de mayor riesgo.

Adultos

En animales adultos sanos, las guías recomiendan un examen de materia fecal al menos dos veces al año, y un control antiparasitario con una frecuencia que varía según la exposición del animal: los que tienen acceso limitado al exterior pueden requerir uno o dos tratamientos anuales, mientras que los que salen con frecuencia, cazan, conviven con otros animales o tienen contacto con zonas de alto riesgo pueden necesitar hasta cuatro o más tratamientos al año. En zonas donde el riesgo no se puede evaluar con claridad, la recomendación general es no bajar de cuatro tratamientos anuales, ya que una o dos dosis al año se consideran insuficientes según varias guías.

Hembras gestantes y lactantes

Este es un punto crítico, porque es precisamente a través de la madre que muchos cachorros y gatitos adquieren parásitos antes de nacer o durante sus primeras semanas de vida. Por eso las hembras reproductoras suelen requerir un manejo antiparasitario específico durante la gestación y la lactancia, que debe ser indicado por el veterinario.

Mascotas con estilos de vida de mayor riesgo

Animales que cazan, que tienen acceso a basura o carroña, que conviven en criaderos, pensiones o espacios con muchos animales, o que viajan con frecuencia, requieren esquemas más intensivos de control y, en algunos casos, pruebas específicas para parásitos particulares de cada región.

Lo más importante de todo este panorama es entender que la desparasitación no es un evento único, sino un programa continuo que debe sostenerse en el tiempo. Una sola dosis “porque ya le dimos algo el año pasado” no ofrece protección real, porque el animal puede reinfectarse en cuestión de días o semanas al estar en contacto permanente con el ambiente.

Mitos comunes sobre la desparasitación

Alrededor de este tema circulan muchas ideas que, aunque parecen tener sentido común, no se sostienen frente a la evidencia veterinaria actual:

  • “Si mi mascota se ve sana, no tiene parásitos.” Como vimos, muchas infecciones son subclínicas y no producen signos visibles, especialmente en animales adultos. La apariencia saludable no descarta la presencia de parásitos.
  • “Los perros y gatos de interior no necesitan desparasitarse.” Aunque el riesgo es menor, no es nulo: los huevos de algunos parásitos pueden entrar a la casa en los zapatos, y las pulgas —vectores de tenias— pueden llegar incluso a animales que nunca salen.
  • “Una desparasitación al año es suficiente.” Según las guías internacionales revisadas, una o dos dosis anuales se consideran insuficientes en la mayoría de los casos; se recomienda evaluar con el veterinario un esquema acorde al estilo de vida de cada mascota.
  • “Si no veo gusanos en las heces, no hay infección.” Muchos parásitos, como las uncinarias o los protozoos, no son visibles a simple vista y solo se detectan con un examen de laboratorio.
  • “Los parásitos solo son un problema de las mascotas, no de las personas.” Como ya vimos, varios de estos parásitos tienen potencial zoonótico y pueden afectar especialmente a niños pequeños.

Conclusión

Controlar los parásitos internos no debería verse como un gasto puntual ni como una obligación molesta, sino como parte del cuidado preventivo regular de cualquier perro o gato, en la misma categoría que la alimentación adecuada o las visitas periódicas al veterinario. La clave está en la palabra “periódica”: un solo tratamiento aislado no protege a tu mascota durante todo el año, y tampoco protege a tu familia de los riesgos de transmisión que documentan organizaciones como el CDC.

La recomendación más sensata, respaldada por las guías veterinarias internacionales, es trabajar con tu médico veterinario para diseñar un esquema de control adaptado a la edad, el estilo de vida y el nivel de exposición de tu mascota, acompañado de exámenes de materia fecal periódicos y buenos hábitos de higiene en casa. Esa combinación —y no una solución única— es lo que realmente marca la diferencia en la salud de tu mascota y en la tranquilidad de todo el hogar.

Fuentes